Andrés Cerio

Suplemento de LA BUHARDILLA DE COLETTE.

RELATOS DE SOBREMESA Nº 1 Nov./dic. 2006

13 noviembre 2006

CUENTO DE OTOÑO: Charo Bolívar

Sant Narcís era un pueblecito situado en el fondo de un valle, que rebrotaba con la primavera desde los altos pastos de las montañas circundantes y se refrescaba en verano con las sonrisas de los niños, -vagabundos sin colegio-, por los campos. Sus casas estaban hechas de gruesas paredes de piedra, abrigando el calor del hogar prendido todo el invierno. En sus calles empedradas, se paseaban hacia el huerto los hombres con sus mulas y carretas; perros sin amos y gatos que aprovechaban los ratitos de sol para calentarse sobre los ladrillos cocidos. Las viejecitas con sus trajes negros acudían a misa de doce a la pequeña ermita, cuyos muros antiguos verdeaban con unas briznas de hierba aprovechando las pocas horas de luz. A las cuatro de la tarde, las altas montañas tapaban el valle y todo era entonces oscuro, una noche mágica en la que el humo de las hogueras ascendía como figuras espectrales hacia un cielo plagado de estrellas.

Pero aquel otoño, se volvió más frío que de costumbre. Grandes máquinas, con aliento de hierro aparecieron para recordarles que pronto deberían irse de allí. A los pocos ancianos que quedaban, les daba igual vivir y morir en aquel pueblo o en el que se estaba edificando en lo alto de la loma. Eso sí, exigieron que les construyeran un cementerio en el lugar más soleado y trasladaran allí los restos de sus parientes difuntos, puesto que para ellos su tierra, estaba allí donde yacían sus muertos.

El valle se cubrió de agua, un año más tarde. Desde sus casas apareadas, con calefacción y agua caliente, paneles solares, ventanas de aluminio Climalit y balcones con barrotes de forja, los ancianos miraban con cierta añoranza como el agua iba cubriendo, primero las casas más bajas, las calles, la mina, el dispensario, la taberna, el colegio, las balaustradas de madera cubiertas de geranios en primavera y por último la ermita de Sant Narcís. Todo desapareció, engullido por un manto marrón. Se inundaron los lugares sagrados donde habían sido bendecidos, uno a uno, los aldeanos que ahora miraban impasibles el agua ascender por las piedras centenarias. Todo aquello tenía una buena finalidad; proveer de agua a la gran ciudad y los buenos fines exigen a veces retribuciones ingratas. En poco tiempo, ya no quedaba nada visible de Sant Narcís Vell, y todos entraron a refugiarse en sus casas nuevas con paredes de pladur y suelo de gres catalán.

Pere había nacido en Sant Narcís Vell, “–Hacía ya... ¿más de cuarenta años?”- pensaba sentado bajo un árbol mirando el aspecto sereno del agua al atardecer. Cuando tenía siete años, su madre le enviaba a pastorear las vacas a lo alto de la montaña y desde allí divisaba el pueblo, justo desde el mismo sitio donde estaba sentado. La encina que le daba sombra, había ido abriendo sus ramas mientras él se levantaba centímetro a centímetro del suelo. Y el riachuelo, serpenteante, había amainado su sonido con el paso del tiempo. Creció contemplando el pueblo desde arriba y ahora era el pueblo el que le observaba desde lo alto de la loma. Miró hacia atrás mientras las casas iban abriendo sus ojos a la noche y suspiró. Un suspiro largo que le trajo aroma a pan recién horneado.

Pere no era muy inteligente, todos en el pueblo lo sabían. Cuando vivían en Sant Narcís Vell a nadie le importaba demasiado su aspecto de dejadez, ni que cantase canciones por la calle en voz alta o que hablase a las palomas imitando su arrullo. Pero en Sant Narcís Nou, era diferente. Las calles adoquinadas y arboladas, con indicaciones de no llevar a los perros sueltos, y setos delimitadores de los pocos espacios verdes entre casa y casa, no parecía tener mucha concordancia con el hecho de que Pere llevase los pantalones medio rotos y orinase en las esquinas delante de los niños que, ahora huían horrorizados, cuando antes hacían lo mismo que él. Consideraba que él no había crecido como los demás y aún se permitía el lujo de hacer las mismas cosas que hacia cuando era un chiquillo.

A pesar de todo, los viejos habían ido muriendo y Sant Narcís Nou se iba poblando de personajes que dejaban sus primeras residencias en la gran ciudad. Con ellos se hacían más casas, más cemento se esparcía sobre la tierra parda de las montañas. Las casas guardaban un aspecto similar a las que tenían las del pueblo viejo, piedra y madera, pero dentro de ellas latía un corazón más urbano y cosmopolita.

Aquella tarde le habían echado del súper por que tenía las manos sucias y no podía tocar los productos con tanta roña en los dedos.

– Ve a lavarte, guarro – la había gritado la señora Montserrat estirando su moño hacia arriba –. No entres más aquí con esas uñas de mierda.

Se miró las manos y pensó que quizás si que estaban un poco sucias. Había estado buscando gusanos para pescar y como siempre, se las había fregado en los pantalones de pana. El riachuelo le condujo al pantano, y allí sentado, al borde del agua perdió la noción del tiempo sin que por su cabeza circulara pensamiento alguno. En un momento, ya no se acordaba de que le habían echado del súper ni por que. Allí estuvo sentado hasta que la luna salió por un horizonte blanco e inmenso.

Introdujo las manos en el agua y se preguntó porque la luna la calentaba más que lo hacia el sol si éste brillaba con más fulgor. No lo entendía, como había tantas cosas complicadas que pronto se le iban de la cabeza. Sin darse cuenta, se vio arropado por un airecillo tenue que hacia mover las hojas de los árboles delicadamente y le susurraba palabras al oído.

–Pere...–escuchó una voz armoniosa que le llamaba.

Volvió la cabeza a ambos lados para buscar de donde provenía aquella misteriosa voz, pero no vio a nadie. De nuevo cerró los ojos y la voz se tornó más intensa.

–Pere...eres tan descuidado como cuando traías las vacas a la montaña y las
dejabas pastar a su aire, mientras echabas tu siesta recostado allí.

Abrió los ojos rápidamente y vio una hermosa joven que le señalaba el árbol bajo el que sentaba cuando iba a pastorear.

La miró sorprendido intentando recordarla pero no era como las muchachas del pueblo. No había ninguna joven tan hermosa en Sant Narcís Nou. La recordaría sin duda si alguna vez la hubiera visto antes.

–No te conozco... –le respondió levantando la cabeza con desconfianza - ¿Cómo
sabes que llevaba vacas?

La Joven se sentó a su lado, dejando bañar sus pies desnudos en la orilla del agua.

–Te veía muchas veces desde abajo sentado en la roca cuando solo eras un niño. A
veces subían los chicos del pueblo y les perseguías porque te decían que eras
tonto, después te costaba bastante trabajo reunir de nuevo a las vacas.
Pere
pensó que se trataba de una de aquellas niñas que le miraban de lejos con
expresión de miedo.

- ¿Te fuiste del pueblo?– le preguntó con extrañeza.

Nunca antes una chica había conversado con él y trató de esconder las manos sucias. Ella tenía el pelo largo, claro, sedoso y una mirada resplandeciente. No sabía muy bien porqué, pero aquella joven le evocaba recuerdos de su antiguo pueblo. La miraba a los ojos y creía oír las voces de los niños correteando por sus calles, apreciar el olor a la leña quemada que emanaba de las chimeneas, oler la comida recién hecha…

– ¡Siempre estuve aquí! –exclamó la joven mirando hacia las aguas profundas y
turbias del pantano – Recuerdo cuando te escapabas del colegio y corrías a
esconderte en las cuadras detrás de las vacas para que no te encontraran.
Pere la miraba boquiabierto, él nunca supo que alguien hubiera descubierto
su escondite.

La muchacha le recordó también los veranos bajo el sol y los días de fiesta en que su madre le vestía con un traje limpio que guardaba de domingo a domingo y le llevaba a la ermita para escuchar misa. Resultaba extraño, porque sin decir una sola palabra ella le evocaba todos esos recuerdos.

Estuvieron sentados a la orilla del pantano casi hasta el alba, en silencio, Pere pensó que estaba soñando, pero cuando el sol empezó a despuntar en un horizonte violeta, ella dijo que se tenía que ir.

– ¿Volveremos a vernos?– le preguntó Pere entusiasmado por el reencuentro.

En su interior sabía que sí volvería a verla.

– Yo siempre estoy a aquí, en el pantano.

Pere la vio marcharse caminando cerca de la orilla en dirección contraria a Sant Narcís Nou.

Volvió a las calles nuevas y asfaltadas de la localidad con el rostro resplandeciente, ¡ era la primera vez que una muchacha se sentaba junto a él ! Había pedido ese deseo tantas veces mientras disparaba piedrecillas al agua y miraba las hondas que se formaban, que ya lo había dado por perdido. El corazón le latía con fuerza y en el estómago sentía un cosquilleo nervioso. La gente que se cruzaba con él le miraba como siempre con gesto de desdén; los chicos con risas socarronas al señalarle los pantalones de pana empapados hasta la rodilla y el jérsey raído; y esta vez si que sintió un leve sonrojo.

Había estado pensando todo el día en ella, por eso aquella tarde se duchó en su cobertizo, refugio de vacas y que había transformado en su casa. Seleccionó de un arcón la ropa que ponerse, aunque casi toda tenía algún descosido o alguna mancha; fue desperdigando pantalones y camisas por el suelo hasta que encontró lo que le pareció apropiado. Después se peinó de lado, ayudándose con un poco de agua dejó el pelo bien prieto y se miró al espejo:

–Estoy diferente –, pensó, se parecía más a la gente que siempre le atosigaba
con sus malas caras y sus sermones.

Así que ya podía salir a la calle para reunirse de nuevo con la muchacha del pantano.

Anochecía. Algunas personas cansadas caminaban por las calles, él andaba con pasos cortos y cierto pudor al ver que la gente bromeaba de su aspecto.

– Pere ¿vas a una boda o algo así? –le dijo uno.

– Vete a dormir la mona un rato – protestó airadamente, para que viesen que
seguía siendo el mismo.

Cuando llegó al pantano se sentó en el mismo lugar, sin importarle las horas que debiera pasar allí. Se tocó el pelo para ver si aún continuaba bien puesto y esperó, mientras observaba las aguas complacientes bañadas por los destellos de la luna. No se dio cuenta por donde había venido, pero allí estaba de nuevo mirándolo con una sonrisa, que le pareció más bella que el día anterior. Su silueta resplandecía entre aquel paraje como si formarse parte de la naturaleza. Se había vestido de fiesta, como él, con un traje blanco de gasa que danzaba con ligeros movimientos. Formaban una buena pareja.

– ¡Qué pronto has venido hoy! – exclamó la joven.

– Sí –respondió únicamente, un poco trastornado por la emoción, mirándola
perplejo como si estuviese viendo una alucinación.

Ella le extendió su mano y él se levantó para cogerla. Cuando rozó su piel notó como si un enjambre de mariposas revoloteara dentro de él y nublaran su vista. Entonces se vio dentro de las calles de su antiguo pueblo; unos niños corrían gritando algo mientras sus risas se escuchaban desde los balcones cargados de flores. Reconoció a uno de ellos, era Pau, ese que en Sant Narcís Nou iba siempre con la cabeza muy alta, le miraba como si no le conociese y nunca sonreía. Pero en Sant Narcís Vell, Pau si que reía con fuerza, jugando al escondite con sus amigos, escondiéndose en los pórtales.

Luego vio a un grupo de ancianas que al atardecer sacaban las sillas a la entrada de sus casas y hablaban distendidamente unas con otras. Olió el agradable aroma de castañas asadas que emanaba de una de las chimeneas y se esparcía por todos los sitios, mientras las campanas de la ermita anunciaban que se acercaba la noche de difuntos. ¡Qué bien! Todos prepararían aquellos pastelillos de almendra y piñones y asarían boniatos y calabaza para cenar.
Y se vio a si mismo andando sobre el camino empedrado dirigiendo a las vacas hacia el establo, mientras se cruzaba con sus vecinos que lo saludaban amablemente

– ¡Buenas noches, Pere! ¿Cómo está tu madre?

– Es... es... está mejor, gracias – tartamudeaba si se trataba del maestro o del
cura quien le preguntaba.

Volvía a casa, al calor de la chimenea que su madre mantenía siempre encendida y su casa olía a sopa y a pan. Mamá estaba siempre al lado calentándose la espalda dolorida y meciéndose en una butaca de madera. Las noches de otoño eran frías en Sant Narcís Vell, pero era un frío más arropado al calor del hogar. Estar en casa, al lado de su madre y sintiendo la mano de aquella joven que le acompañaba hacia esos lugares le hacia sentir una felicidad que había desaparecido engullida por el agua.

– ¿Quién es esa joven?– preguntó mamá con una gran sonrisa.

– Es Bibiana- dijo Pere. Sin saber porque sabía su nombre sin habérselo
preguntado – La joven del pantano.

Pere a pesar de sus cortas luces comprendió que la joven no era más que el alma de su viejo pueblo, resplandeciente, bello, entrañable y feliz. De sus ojos emanaba toda la luz y la fuerza del valle, verde como el jade y sus labios rojos eran el ímpetu con que resistían sobre la tierra las piedras, enraizadas al suelo mientras las algas y los peces se hacían dueños de puertas y ventanas. Bibiana siempre había estado allí, y le había aceptado como era. Nunca se había burlado de él porque sus almas eran una sola, un solo corazón que palpitaba entre Sant Narcís Vell y Sant Narcís Nou. Supo que no estaba solo, que nunca había estado solo y nunca más volvería a estarlo.

A Pere nadie volvió a verlo en Sant Narcís Nou.

Durante algunos días se rastreó el pantano, porque pensaron que se podía haber suicidado desesperado por la mala vida que llevaba, incluso celebraron un funeral al que acudió casi todo el pueblo. Todos hablaron de lo buena persona que era y su manera ejemplar de tratar a los niños y a los ancianos, a pesar de su retraso mental. Algunos confesaron sus sentimientos de culpa por no haber hecho nada para evitar que viviera solo en un cobertizo de vacas tras la muerte de su madre.

Le recordaron con el cariño que solo se manifiesta a los muertos.

Los días se volvieron más oscuros, la noche se alargaba entretejiendo las hojas que caían de los árboles para formar una alfombra que tapizaba el suelo. Los niños volvían pronto a sus casas y miraban la televisión hasta la hora de irse a dormir. Las casas cerraban, poco a poco sus ojos y por las calles desiertas circulaba un viento que provenía del pantano. Si alguien se hubiese dedicado a escuchar, hubiese podido percibir unos pasos tenues sobre las hojas caídas a la orilla del pantano y la silueta de una muchacha resplandeciente en la fría noche de otoño.

Cuentos a Cuatro Manos
© 2005 Charo Bolívar - Carmen Sánchez




06 noviembre 2006

LAS LUCES DE LA ESPERANZA (Juan Pérez Carreño), autor del fantástico libro "DESPUÉS DE DIOS"


Llevamos más de seis horas a la deriva, y el miedo se dibuja en cada uno de nuestros rostros.
Los intentos por sellar la vía de agua han fracasado. En apenas unos minutos las oscuras aguas pondrán fin a los sueños de estos hombres.
Tal vez alguno de los jóvenes logre alcanzar a nado la costa. Su orilla, casi inalcanzable, se adivina bajo las lejanas luces del horizonte. ¡Yo no lo conseguiré!

* * *

Desde que embarcamos, el fuerte viento de Poniente nos azota sin compasión.
Junto a la proa se hacinan los cuerpos de quienes no han podido soportar la extenuante travesía. Su visión resulta espeluznante.

* * *

En mi regazo duerme una pequeña de apenas un año. He conseguido calmarla, pues no dejaba de llorar desde que comenzó a helarse el cadáver de su madre, al que se abrazaba con fuerza.
Viendo el dulce rostro de esta princesa de los desventurados, mi corazón se sobrecoge.

* * *

Recuerdo cómo, hace sólo tres semanas, supliqué a mi Director poder realizar este reportaje.
Como Redactor de Sucesos, son innumerables las veces en las que he debido referirme a quienes la muerte aguardaba en estas aguas.
Solo deseaba ser testigo de las inquietudes de estos hombres, pero desconocía que el destino me haría a mí también protagonista de sus peores pesadillas.
Mañana, yo ocuparé un lugar en las páginas de mi Diario, y no será el de Redactor.

* * *
Cuántos sueños de un mañana mejor han quedado atrapados para siempre en las profundidades de este Estrecho. El Estrecho de la Vergüenza.

Vergüenza de pertenecer a un mundo que, impasible, asiste al holocausto de la esperanza.

* * *

Una joven embarazada no deja de hablar en silencio, y su mano, temblorosa por el intenso frío, acaricia el imaginario rostro de su hijo.

* * *

Uno de los jóvenes, quizás el más fuerte, reza en voz alta, mientras, con la mirada perdida, aprieta contra su pecho una estampa religiosa.
Antes del inevitable fin que se avecina, entregaré a este joven las pocas líneas que escribo. Tal vez él sobreviva, y estos pocos folios puedan ser publicados para sonrojo de quienes los lean.

* * *

Durante la travesía, he sorprendido varias miradas esquivas de una bellísima y tímida joven. Una ninfa de no más de quince años, cuya dulce faz resplandece con luz propia en la oscuridad de esta noche de tinieblas. Parecía interrogarse sobre mi presencia aquí, la de un hombre de la otra orilla. Incluso creo que ha llegado a preguntar sobre mí a quienes se sientan a su lado, perpleja, quizás, por mi temerario atrevimiento.
Ella desconoce el sin sentido de mi vida. Una larga e insignificante existencia, basada únicamente en el biológico principio de la supervivencia.
Sin esposa, ni hijos, decidí tomar por primera vez las riendas de mi destino. Quería saber qué sienten quienes afrontan el riesgo de terminar siendo sólo uno más de los desaparecidos en este lugar.
Los náufragos de estas aguas ocupan a diario el tiempo del viejo y mediocre periodista fracasado que yo represento, relegado desde hace años a las páginas de sucesos y esquelas. Un frustrado escritor, cuyo sustento lo obtiene de ensangrentados dramas como el que esta a punto de suceder.

* * *

Siento no conocer la lengua de estas gentes. No consigo entender lo que se dicen entre ellos, mientras permanecen abrazados unos a otros. Parece que el estar unidos les diese fuerzas para afrontar con mayor resignación la verdadera travesía que están a punto de iniciar, la del estrecho instante de la muerte.

* * *

Qué triste resulta meditar sobre la sinrazón de nuestra especie.

Estremece pensar cómo, hasta finales del 2030, éramos nosotros los que tratábamos de alcanzar la orilla contraria, y ahora, en cambio, cincuenta años después, tras la Gran Recesión y el Declive de Occidente, los que se hacinan en esta vieja embarcación tienen nombres como los de Juan, José, María o Mercedes.

* * *

El agua ha alcanzado ya mis rodillas, dentro de muy poco todo habrá acabado.

* * *

Los brazos de la joven embarazada se han entrelazado en torno a su vientre, como tratando de arropar a su hijo.

* * *
Desde que comencé a rellenar estos folios, la radiante ninfa, olvidando su timidez, no ha dejado de mirarme con fijeza. Y de repente, como iluminada por la anticipada gratitud de quienes algún día emprenderán este mismo camino, rumbo a la esperanza, se ha aproximado a mí, y me ha besado suavemente la mejilla.
El leve roce de sus labios ha dado, al fin, sentido a mi vida, y ha fulminado mis miedos al inevitable e inminente destino que me acecha.

* * *
La embarcación comienza a escorarse. En unos segundos me reuniré con aquellos a quienes me he referido cada día desde las páginas de mi Diario.

* * *

El joven, cuyas plegarias no cesan, acaba de entregarme la estampa, y me ha pedido, con gestos, que la introduzca en las ropas de la pequeña que duerme entre mis brazos. Ella descasa plácidamente, ajena al drama que esta a punto de suceder.
La estampa corresponde a una fotografía de la Virgen del Mar, quizás patrona del lugar de procedencia del joven.
Mientras trataba de colocar la imagen de esta Virgen sobre el pecho de la pequeña, acabo de leer, casi sin querer, el nombre que aparece en la medalla que esta princesa lleva al cuello, Esperanza Assif García… ¿Assif?
Un presentimiento me dice que una parte de esta bella criatura realiza un viaje de retorno.
Una segunda y última travesía.

Tal vez su nombre, Esperanza, sea un presagio.
Esperanza, ¡Esperanza de que algún día las conciencias se rebelen y pongan fin a tanta estupidez!

Omar Amasáis, pour
L´Informatión (Marrakech)

CALIDAD DE VIDA (Adolfo Ruiz)

Giró hacia el otro lado y cubrió su cabeza con las sábanas que aún emanaban los olores de la desbocada madrugada, pero resulto inútil. Los penetrantes rayos del amanecer le martilleaban las pupilas anunciándole que en dos horas partiría su vuelo.

* * *

Cada nueva convención le permitía dar rienda suelta a sus instintos y escapar de su cárcel de bienestar, ésa que algunos llaman calidad de vida.

No había congreso de odontólogos al que no asistiese, a pesar de considerarles unos seres inmorales, pues opinaba que era del todo imposible que alguien en su sano juicio tuviese semejante vocación.

* * *

Miró hacia el otro lado de la cama para contemplar una vez más el desnudo cuerpo de su noche de pasión, una angelical y jovencísima mulata que aún permanecía sumida en un profundo sueño. Luego recordó cómo aquella venus color canela le había hecho navegar por las más delirantes y salvajes entrañas del placer hasta ascender a cumbres del éxtasis nunca antes exploradas.

* * *

Dejó los cien dólares sobre la cómoda, cincuenta más del precio acordado, y abandonó la habitación del hotel en silencio, como no queriendo devolver a la realidad a quien tan lejos le había conducido.

* * *

En el la zona de embarque no podía evitar pensar en su negra y rizada cabellera, y en cómo ésta parecía trazar dibujos imposibles cuando el fragor de sus rítmicos y depredadores movimientos anunciaban la inminencia del clímax final.

* * *

Ya en el avión, se sintió inundado por imágenes de su cotidiana existencia. Pensó en su maravillosa y cariñosa esposa, un templo de virtudes de la mujer de nuestro civilizado tiempo. También reflexionó sobre su único hijo, quien convertido en skin desde hacia varios años, sólo pasa por casa para pedirle dinero y llamarle hipócrita.


* * *

El revuelo que armó para abortar el despegue podría haber provocado su detención, pero su condición de turista de clase “A” le permitió abandonar a toda prisa la nave sin excusa alguna.


Mientras corría por la pista, ajeno a la lluvia que le empapaba, aflojó el nudo de su corbata como quien se despoja de la pesada carga de millones de años de evolución.

* * *

El recepcionista le dijo que no sabía nada de la venus color canela y que nunca antes la había visto. También contó que ella entregó algo que el turista había dejado al parecer olvidado, para que se lo devolviesen.

* * *

Desde hace más de tres meses deambula por garitos de la bahía tratando de encontrarla, pero parece que nadie sabe de ella.

Tal vez, le dijo un anciano, procediese de un poblado del interior, uno de esos que se ocultan bajo la densa jungla. Lugares donde, según cuentan, aún perviven ancestrales creencias que veneran a las diosas del placer, divinidades capaces de adoptar forma humana y andar entre nosotros sin ser descubiertas.

Algunos, ya cansados de sus preguntas, le dicen que quizás todo fue el sueño de una noche de borrachera, pero él les responde que no es cierto y se aferra a algo que lleva entre sus manos, un sobre con 100 dólares.

04 noviembre 2006

ADELAIDA (Manel Mora)

...Yo lo veo todo muy claro, es el resto del mundo quien está ciego... Adelaida repite una y otra vez esta cantinela. Se detiene. Mira a los transeúntes fijamente a los ojos. Reproduce con monótono ritmo la cantinela, ...Yo lo veo todo muy claro, es el resto del mundo quien está ciego... mientras una imperceptible sonrisa se desliza en el brillo de sus ojos. ¡Pobre mujer! ¡Claro!, un trauma. ¡Está ida! Hay más fuera que dentro. Adelaida mira sin escuchar. Su voz adquiere un aire de certeza desconcertante. Hummm... está ciego. Los caminantes se enraciman haciendo muecas y mirándose con sonrisas displicentes. Sí, sí,.. ciego. El círculo se agranda. Cada minuto, se añade un rostro más. Se ha convertido en una enorme máscara. ¿Qué te pasa, vieja? La pregunta retumbó en el interior de la máscara. Adelaida no responde. Va dando vueltas tarareando un largo e incomprensible monólogo. Dan las doce. Los labios chirrían. Sudorosas blasfemias penden de torsos pringosos sobre un paisaje de hombros. ¿Qué te pasa, vieja? Adelaida no responde. Cierra los ojos. Sonríe suavemente. La máscara pone expresión de ángel anómalo. Hummm ...ciego... Silencio. Los zuecos de Adelaida resuenan en las baldosas.

03 noviembre 2006

ANDRÉS CERIO (Manel Mora)

ANDRÉS CERIO se asomó a la ventana. Un tremendo escalofrío lo dejó con la mirada perpleja escrutando el vacío…
El verano ya otoñecía. Las nubes atenuaban los escasos verdes de las hojas. La superioridad de los grises y claroscuros era exultante. Ese día, el sol tampoco acababa de arrancar. A pesar de la agonía de la luz, los castaños y marrones salpicaban la arrogancia de las sombras.
Al sur, el perfil del instituto empezaba a dibujarse en la pizarra de oriente. Los días en que el viento lavaba la cara de la ciudad, se disfrutaba del suave y voluptuoso olor a mar. En el encerado de poniente, se veteaba la plaza con su pista de baloncesto en el centro. La sombra cedía, poco a poco, precipitando a contraluz jóvenes siluetas por las aceras cercanas. La campana de entrada dejaba caer el comienzo de una nueva jornada.
En las aulas, el ronroneo de las voces revoloteaba la atmósfera. La voz fuerte de un hombre sonreía de pie junto a la puerta. «Buenos días». Risas y saludos se encaramaban a las mesas. «Buenos días, profe». El murmullo se iba suavizando. Sólo algún bisbiseo provenía de la última fila de pupitres.
El inicio de la clase era perezoso. Los alumnos remoloneaban en torno a los libros, intentando evitar el trabajo. A diario, había que empezar con un «¡venga, despertad!». Lo que hacía que naciera un nuevo bisbiseo. «Vamos, vamos…».
Andrés sabía que eran momentos difíciles. No bastaba con ser especialista de una materia concreta. Los tiempos te obligaban a más. Pedagogo, psicólogo, asistente social… No se podían rehuir los problemas. Había que implicarse. Los tiempos de enseñar en la diversidad suponían un esfuerzo considerable para cualquier educador. Sobre todo, si el instituto ya estaba en un barrio diverso de por sí. En ese caso, toda la plantilla tenía que trabajar perfectamente coordinada. La profesionalidad y el voluntarismo tiraban del carro de un plan de estudios con el que nadie parecía estar satisfecho. Salvo el delegado d’Ensenyament, claro. «Necesitamos más recursos humanos». «Tal vez, por ahora estudiaremos vuestro caso». Pasan días, meses. El instituto continúa con sus infinitas súplicas. El Delegado conversa con Andrés. Brevemente. Le hace preguntas. Sobre diversos aspectos. Pero sólo son preguntas indiferentes. Preguntas con la sonrisa colgando de unos dientes lustrosos y un saludo o una despedida murmurada.
Detrás de los pupitres, se pertrechan un grupo de caras soñolientas de miradas apagadas. Pocos temas motivan a los chicos. En cambio, siempre hay una voz femenina con la respuesta a flor de labios. Los años –y los expedientes académicos- le han dado a Andrés constancia del mayor grado de madurez de las chicas. El corazón se le sale de felicidad si consigue despertar la curiosidad entre aquellas cuatro paredes. Si consigue crear un espacio para el puñado de tierras natales que conviven en ellas. Para las fotografías de calles y monumentos que traen consigo los inmigrantes. Entonces el aula se inunda de palabras. Andrés les recita poemas de amor. Hablan de todo. De solidaridad. De racismo. Del ¡no a la guerra en Irak! Se exponen las diferencias. Se citan ejemplos. Andrés siente una reconfortante excitación y una inmensa realización. Escucha los tiernos comentarios con honda emoción y vivo interés. Las palabras tropiezan entre sí sin distinción de sexo.
Otros días, no hay nada que hacer. Era la identidad de los tiempos. El género de barullo enriquecedor que había reinado en el aula, quedaba dominado por una llanura de gigantesco silencio. La inteligencia creadora parecía haber desaparecido del aula sin dejar huella. Pese a todo, Andrés…
La campana de salida lo devolvió a la ventana. Con los codos apoyados en el marco carcomido, siguió la trayectoria del pedazo de luz que colgaba de los cristales. Los sentidos borrosos se habían apoderado de sus recuerdos. Una luz ciega se apoderaba de sus ojos. Aquel día deambuló sin comprender lo que sucedía, envuelto por una creciente oscuridad. Sintió frío. Luego terror. Andrés Cerio llevaría grabados aquellos días profundamente en su ánimo.
A Andrés Cerio, todos los otoñeceres se le resbalaba la arena de la vida entre los dedos mientras escrutaba el vacío.

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LA ABUELA
Y
OTROS RELATOS
Número de Asiento Registral
B-3535-06
© Manel Mora y herederos

02 noviembre 2006

LOCURA (Rubén Patrizi)

Que no es la rosa lo que turba
Sino el encanto del aroma.
Blanco-Fombona
Quería dejarlo todo, irme.
Irme muy lejos, mandar todo y a todos, al demonio, ya no me importaba nada. Solo quería largarme, estar lo más lejos posible de...
Pero los recuerdos se irán conmigo y en donde esté siempre me atormentarán.
Siempre me perseguirán los momentos y las reminiscencias estarán allí, aplastándome...
Después de estas semanas que han pasado de una forma violenta, y que se han convertido en meses casi sin darme cuenta, en medio de mi obnubilada existencia, puedo pensar por fin más detenidamente.
Ya no tengo rencor en mi corazón, y mis penas han mermado, puedo decir que han desaparecido por completo.
El tiempo es el único antídoto, para curar las enfermedades del alma.
Los celos, me quemaban por dentro, caminaba por las calles con un solo pensamiento, con sentimientos extremadamente pugnases y dolorosos que me hacían hervir la sangre, con un odio que no sabía que podría poseer, descubriendo en mí esas emociones tan negativas.
Hay dolor, fuego, odio, ganas de matar, algo dentro de mí que me hace volver loco y solo el llorar, el derramar lágrimas hacen bajar la presión y estallando en sollozos logro controlar mi interior. Sino explotaría esparciendo los sesos por doquier.
Estos sentimientos son todo lo opuesto al amor, es como pagar culpas con locura, esta locura que mata, que asesina lentamente mi mente y mi conciencia
Te sueño entre mis brazos
Sintiendo tú mis besos
Recibiendo mis caricias
Oyendo mis palabras
Que como un arrullo
Te hablan de amor
El tiempo inexorable pasa la cuenta, los años son como un castigo y un premio a la vez.
Uno puede salir derrotado y darse cuenta, que se puede sobrevivir...
Sí. Se puede sobrevivir a una, dos, tres, y miles de derrotas.
Mi dolor no era morirme poco a poco.
Solo era que morir no quiero, aunque deseaba hacerlo y hacerlo regodeándome en el dolor, extasiándome con él.
Sentirme vivo y sentirme que no vivo y el dolor en el pecho brota a borbotones y alborozarme en el fracaso...
Y pasan unos días y otros y otros, más los recuerdos se agolpan en las sienes y viven en el pecho, la solución es la muerte pero no viene cuando se le llama.
Y veo sus ojos que me miran y su sonrisa que me inunda, siento su aroma de mastrantocomo sendero de llano...
Y una sensación de ignavia se entroniza y no me deja actuar, quitándome la voluntad.
Entro en mundos ignotos donde la sombra de sus recuerdos llegan alborozados...
Ojos negros que me miran y sonríen
Boca pequeña y dulces labios rojosricos en almíbarmiel su pielazabache su mata oscuraturgentes sus senos...
Y oigo su risa, que es manantial de agua pura, que baja por la colina haciendo eco entre los cantos y el burbujear del agua entre los meandros llenos de espuma.
Sus ojos , sus sonrisa, su piel, sus manos, su pelo negro azabache, toda ella hermosa, como de virgen de iglesia, juvenil, tierna, bella.
Aspirar y sentir la fragancia que brota de su cálido cuerpo, sus efluvios naturales de mujer
Las palabras que brotaban de sus labios eran elogios, el encanto de la amistad
Su timidez, recostada a la pared, muy cerca del dintel de la puerta del cuarto, observándome con la mirada nublada, media sonrisa, mordiéndose el labio inferior, insinuándome universos.
Y su entrecortada respiración y la turgencia de sus senos, su pecho que florece entre mis manos y se mueve entre los compases de la respiración
Su pelo negro que desciende hasta la cintura, cubriendo el arco de sus caderas, haciendo desviar la vista hasta los torneados muslos
Sus diminutos pies, pequeñitos dedos retozones coronados de luz
Y la piel, brillante como el nácar, dulce como el chocolate, morena, blanca, cetrina, la luz la transforma, la delinea, la dibuja.
Es como una alfombra de alpaca suave, como la seda más fina, tersa.
Y se va difuminando en mi cerebro, desapareciendo la imagen, perdiéndose entre los recovecos de mi imaginación...
La adoré...
Y el pensar en una fórmula para la liberación del dolor, salir de la angustia y de la frustración
Y pensé en el acero frío y negro de los cañones de mi escopeta, en escapar solo colocándola en mi boca, morderlo y apretar el gatillo poco a poco. En un santiamén saldría de mi dolor y dejaría regados por doquier los restos de mi tormento.
La amaba con locura con desesperación , como cuando se aferra a un leño en alta mar, la última oportunidad de vivir o de morir en un ahogo de suspiros.
Mi azahar
que desprende
fino aroma
ardiente de sol, luz y vida
Sonrisa que vaga silente
Entre recovecos
Inescrutables del pensamiento
Dulce absorta
Llena de misteriosos
Secretos.
Sería muy fácil actuar con cobardía, solo tendría que ser valiente para apretar el gatillo.
Tener el valor para acabar, y tenerlo para no acabar. No lo hago por cobarde sino pensando en el resultado.
Finalizar todo de mil maneras.
La navaja de afeitar, y empezar a desangrarme, dejando brotar el líquido vital que mana vida.
Sentir el afilado corte, el que roe las venas en un tajo mortal, haciendo brotar incesante la vida, la hojilla afilada que irrumpe con su brillo violando la piel .
O meterme en el agua y dejarme llevar.
Sumergirme y tratar de no respirar.
Tan frágiles que somos y tan fuertes
Somos lo uno y lo nada, el cero.
Acabando con todo en un momento.-
No quiero entrar en el salón, me lo impide la conciencia, me lo impide el recuerdo. El leve empujón, del amigo, que con suavidad me conduce más allá del dintel.
La claridad del entorno me ciega, desde los ventanales el chorro de luz, entrecierro los ojos y me vienen imágenes que pasan por ellos son como diapositivas, una a la vez. Vienen arrastrándose. Estoy de nuevo en el salón como si no hubiesen pasado los días; Puedo oír el barullo, el ruido del que se aclara la garganta, el murmullo de voz del que habla en susurro, el libro que se cierra, el papel que cae, la escritura que hace el lápiz, el mueble que cruje, el fru fru de las faldas, su perfume...
Ella me mira con sus ojos de gato, se acerca con socaliñado paso felino, ágil y voluptuoso.
Sus medias blancas a media pantorrilla, su falda plisada, su blusa de mangas cortas ceñida a la cintura, amplia en su pecho cerrada hasta el último botón muy cerca de su cuello.
Y titilan las campanillas de los móviles al balancearse con tenue la brisa, es su voz la que se siente
Esta parada, erguida en la pared, me mira, su blusa abierta muestra el escote, se logra ver la oculta flor de su aureola.
Deseos hilvanados me llenan el alma y nos encontramos en otro mundo. Entre el tiempo y el espacio, en la misma habitación, los dos solos en un rincón, debajo del pizarrón, atando nuestras vidas sobre el polvo blanco de la tiza.
De sus sienes bajan dos gotas de sudor, su pelo enmarañado sobre mi pecho, su rostro muy cerca de mi corazón y sus labios dicen palabras incoherentes que solo él sabe escuchar. Solo son latidos que se mezclan con los susurros y la respiración. Su cuerpo está casi encima de mis piernas, respiramos el mismo aire, sentimos el mismo aroma y nuestras palabras son solo murmullos quedos, nuestras palmas exploran nuestro cuerpo, vivimos en la misma realidad, la misma vida, somos los minutos y segundos, horas que estamos extasiados uno junto al otro, sin importarnos nada ni nadie. Únicamente nosotros vivimos en el mundo
Su respiración se normaliza, sus labios ya no tiemblan, sus parparos se abren sus ojos me miran, veo en ellos regocijo, alegría, mi mano sobre su seno, la otra la abraza.
Y ando con el corazón sitibundo, esperando que venga a mi llamada.
Ven, ven pronto.
Y me preguntaba de donde eres.
Le contestaba en broma, con burla y dueño de la situación, enardecido por su juventud, yo era el creador.
Soy de lejos y de cerca
Soy de aquí y de allá
Soy como el viento
Y si me metes en tu corazón
Estaré siempre muy cerquita de ti.
Ella se ríe y me dice tonto, me abraza.
Sus labios rozan mis mejillas.
“Y tu nunca te sonrojas”.
Ella me contesta” Cuando se ama no cabe la vergüenza, solo el pudor para no mostrarse abierta para no entrar en el desencanto ni en lo burdo. Solo lo sutil, suave y delicado, debe mezclarse para tener una relación duradera”.
“Tanta experiencia tienes”
“Soy poca de edad, pero en mi mente fluyen situaciones, mi imaginación es inagotable e infinita.
“Pero qué modesta eres”...
Ríe. Con sonrisas de molino de viento.
Y entre mis brazos se estrujaba la flor, bebiendo de mis besos y la sentía toda recorriendo con mi tacto su piel. Los intersticios y oquedades, toda era sentidos, ecos de suspiros de languidez, de pasión y de locura. Vaporosas sábanas sobre cuerpos en unión mágica en acordes armoniosos consonantes con ritmos musicales etéreos.
Y me iba hinchando como las gavias de un velero, llenándome de estima y apego, el cariño
se convierte en quereres empezando a idolatrar con devoción insana.
Y entonces me perdí...
La adoré...
Y la realidad y los sueños se confabularon y ya no podía distinguir entre ambos.
Vivía el sueño y soñaba con la certidumbre.
Déjame amarte. Solo déjame amarte. Era un grito desgarrador que salía de entre mis poros, muy dentro de mí.
Tenía catorce, o quince, diez y seis o diez y siete. Qué se yo.
Solo sabía que la amaba, que era una flor muy hermosa...
En hermético silencio se convirtió el entusiasmo.
Las preguntas, los porques.
Ambigüedades
Se perdió el control
Es que te gustan jóvenes
Que son insulsos y groseros
Son patanes y sin dinero
Lo único que blanden
Es su juventud
Tesoro más grande del cielo
Y tener los dos es un anhelo
Tener dinero y juventud.
Y una decisión inopinada me dejó silbando lejos, la muchacha se fue en un santiamén dejándome como un pendejo.
 
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