LAS LUCES DE LA ESPERANZA (Juan Pérez Carreño), autor del fantástico libro "DESPUÉS DE DIOS"
Llevamos más de seis horas a la deriva, y el miedo se dibuja en cada uno de nuestros rostros.
Los intentos por sellar la vía de agua han fracasado. En apenas unos minutos las oscuras aguas pondrán fin a los sueños de estos hombres.
Tal vez alguno de los jóvenes logre alcanzar a nado la costa. Su orilla, casi inalcanzable, se adivina bajo las lejanas luces del horizonte. ¡Yo no lo conseguiré!
* * *
Desde que embarcamos, el fuerte viento de Poniente nos azota sin compasión.
Junto a la proa se hacinan los cuerpos de quienes no han podido soportar la extenuante travesía. Su visión resulta espeluznante.
* * *
En mi regazo duerme una pequeña de apenas un año. He conseguido calmarla, pues no dejaba de llorar desde que comenzó a helarse el cadáver de su madre, al que se abrazaba con fuerza.
Viendo el dulce rostro de esta princesa de los desventurados, mi corazón se sobrecoge.
* * *
Recuerdo cómo, hace sólo tres semanas, supliqué a mi Director poder realizar este reportaje.
Como Redactor de Sucesos, son innumerables las veces en las que he debido referirme a quienes la muerte aguardaba en estas aguas.
Solo deseaba ser testigo de las inquietudes de estos hombres, pero desconocía que el destino me haría a mí también protagonista de sus peores pesadillas.
Mañana, yo ocuparé un lugar en las páginas de mi Diario, y no será el de Redactor.
* * *
Cuántos sueños de un mañana mejor han quedado atrapados para siempre en las profundidades de este Estrecho. El Estrecho de la Vergüenza.
Vergüenza de pertenecer a un mundo que, impasible, asiste al holocausto de la esperanza.
* * *
Una joven embarazada no deja de hablar en silencio, y su mano, temblorosa por el intenso frío, acaricia el imaginario rostro de su hijo.
* * *
Uno de los jóvenes, quizás el más fuerte, reza en voz alta, mientras, con la mirada perdida, aprieta contra su pecho una estampa religiosa.
Antes del inevitable fin que se avecina, entregaré a este joven las pocas líneas que escribo. Tal vez él sobreviva, y estos pocos folios puedan ser publicados para sonrojo de quienes los lean.
* * *
Durante la travesía, he sorprendido varias miradas esquivas de una bellísima y tímida joven. Una ninfa de no más de quince años, cuya dulce faz resplandece con luz propia en la oscuridad de esta noche de tinieblas. Parecía interrogarse sobre mi presencia aquí, la de un hombre de la otra orilla. Incluso creo que ha llegado a preguntar sobre mí a quienes se sientan a su lado, perpleja, quizás, por mi temerario atrevimiento.
Ella desconoce el sin sentido de mi vida. Una larga e insignificante existencia, basada únicamente en el biológico principio de la supervivencia.
Sin esposa, ni hijos, decidí tomar por primera vez las riendas de mi destino. Quería saber qué sienten quienes afrontan el riesgo de terminar siendo sólo uno más de los desaparecidos en este lugar.
Los náufragos de estas aguas ocupan a diario el tiempo del viejo y mediocre periodista fracasado que yo represento, relegado desde hace años a las páginas de sucesos y esquelas. Un frustrado escritor, cuyo sustento lo obtiene de ensangrentados dramas como el que esta a punto de suceder.
* * *
Siento no conocer la lengua de estas gentes. No consigo entender lo que se dicen entre ellos, mientras permanecen abrazados unos a otros. Parece que el estar unidos les diese fuerzas para afrontar con mayor resignación la verdadera travesía que están a punto de iniciar, la del estrecho instante de la muerte.
* * *
Qué triste resulta meditar sobre la sinrazón de nuestra especie.
Estremece pensar cómo, hasta finales del 2030, éramos nosotros los que tratábamos de alcanzar la orilla contraria, y ahora, en cambio, cincuenta años después, tras la Gran Recesión y el Declive de Occidente, los que se hacinan en esta vieja embarcación tienen nombres como los de Juan, José, María o Mercedes.
* * *
El agua ha alcanzado ya mis rodillas, dentro de muy poco todo habrá acabado.
* * *
Los brazos de la joven embarazada se han entrelazado en torno a su vientre, como tratando de arropar a su hijo.
* * *
Desde que comencé a rellenar estos folios, la radiante ninfa, olvidando su timidez, no ha dejado de mirarme con fijeza. Y de repente, como iluminada por la anticipada gratitud de quienes algún día emprenderán este mismo camino, rumbo a la esperanza, se ha aproximado a mí, y me ha besado suavemente la mejilla.
El leve roce de sus labios ha dado, al fin, sentido a mi vida, y ha fulminado mis miedos al inevitable e inminente destino que me acecha.
* * *
La embarcación comienza a escorarse. En unos segundos me reuniré con aquellos a quienes me he referido cada día desde las páginas de mi Diario.
* * *
El joven, cuyas plegarias no cesan, acaba de entregarme la estampa, y me ha pedido, con gestos, que la introduzca en las ropas de la pequeña que duerme entre mis brazos. Ella descasa plácidamente, ajena al drama que esta a punto de suceder.
La estampa corresponde a una fotografía de la Virgen del Mar, quizás patrona del lugar de procedencia del joven.
Mientras trataba de colocar la imagen de esta Virgen sobre el pecho de la pequeña, acabo de leer, casi sin querer, el nombre que aparece en la medalla que esta princesa lleva al cuello, Esperanza Assif García… ¿Assif?
Un presentimiento me dice que una parte de esta bella criatura realiza un viaje de retorno.
Una segunda y última travesía.
Tal vez su nombre, Esperanza, sea un presagio.
Esperanza, ¡Esperanza de que algún día las conciencias se rebelen y pongan fin a tanta estupidez!
Omar Amasáis, pour
L´Informatión (Marrakech)
Los intentos por sellar la vía de agua han fracasado. En apenas unos minutos las oscuras aguas pondrán fin a los sueños de estos hombres.
Tal vez alguno de los jóvenes logre alcanzar a nado la costa. Su orilla, casi inalcanzable, se adivina bajo las lejanas luces del horizonte. ¡Yo no lo conseguiré!
* * *
Desde que embarcamos, el fuerte viento de Poniente nos azota sin compasión.
Junto a la proa se hacinan los cuerpos de quienes no han podido soportar la extenuante travesía. Su visión resulta espeluznante.
* * *
En mi regazo duerme una pequeña de apenas un año. He conseguido calmarla, pues no dejaba de llorar desde que comenzó a helarse el cadáver de su madre, al que se abrazaba con fuerza.
Viendo el dulce rostro de esta princesa de los desventurados, mi corazón se sobrecoge.
* * *
Recuerdo cómo, hace sólo tres semanas, supliqué a mi Director poder realizar este reportaje.
Como Redactor de Sucesos, son innumerables las veces en las que he debido referirme a quienes la muerte aguardaba en estas aguas.
Solo deseaba ser testigo de las inquietudes de estos hombres, pero desconocía que el destino me haría a mí también protagonista de sus peores pesadillas.
Mañana, yo ocuparé un lugar en las páginas de mi Diario, y no será el de Redactor.
* * *
Cuántos sueños de un mañana mejor han quedado atrapados para siempre en las profundidades de este Estrecho. El Estrecho de la Vergüenza.
Vergüenza de pertenecer a un mundo que, impasible, asiste al holocausto de la esperanza.
* * *
Una joven embarazada no deja de hablar en silencio, y su mano, temblorosa por el intenso frío, acaricia el imaginario rostro de su hijo.
* * *
Uno de los jóvenes, quizás el más fuerte, reza en voz alta, mientras, con la mirada perdida, aprieta contra su pecho una estampa religiosa.
Antes del inevitable fin que se avecina, entregaré a este joven las pocas líneas que escribo. Tal vez él sobreviva, y estos pocos folios puedan ser publicados para sonrojo de quienes los lean.
* * *
Durante la travesía, he sorprendido varias miradas esquivas de una bellísima y tímida joven. Una ninfa de no más de quince años, cuya dulce faz resplandece con luz propia en la oscuridad de esta noche de tinieblas. Parecía interrogarse sobre mi presencia aquí, la de un hombre de la otra orilla. Incluso creo que ha llegado a preguntar sobre mí a quienes se sientan a su lado, perpleja, quizás, por mi temerario atrevimiento.
Ella desconoce el sin sentido de mi vida. Una larga e insignificante existencia, basada únicamente en el biológico principio de la supervivencia.
Sin esposa, ni hijos, decidí tomar por primera vez las riendas de mi destino. Quería saber qué sienten quienes afrontan el riesgo de terminar siendo sólo uno más de los desaparecidos en este lugar.
Los náufragos de estas aguas ocupan a diario el tiempo del viejo y mediocre periodista fracasado que yo represento, relegado desde hace años a las páginas de sucesos y esquelas. Un frustrado escritor, cuyo sustento lo obtiene de ensangrentados dramas como el que esta a punto de suceder.
* * *
Siento no conocer la lengua de estas gentes. No consigo entender lo que se dicen entre ellos, mientras permanecen abrazados unos a otros. Parece que el estar unidos les diese fuerzas para afrontar con mayor resignación la verdadera travesía que están a punto de iniciar, la del estrecho instante de la muerte.
* * *
Qué triste resulta meditar sobre la sinrazón de nuestra especie.
Estremece pensar cómo, hasta finales del 2030, éramos nosotros los que tratábamos de alcanzar la orilla contraria, y ahora, en cambio, cincuenta años después, tras la Gran Recesión y el Declive de Occidente, los que se hacinan en esta vieja embarcación tienen nombres como los de Juan, José, María o Mercedes.
* * *
El agua ha alcanzado ya mis rodillas, dentro de muy poco todo habrá acabado.
* * *
Los brazos de la joven embarazada se han entrelazado en torno a su vientre, como tratando de arropar a su hijo.
* * *
Desde que comencé a rellenar estos folios, la radiante ninfa, olvidando su timidez, no ha dejado de mirarme con fijeza. Y de repente, como iluminada por la anticipada gratitud de quienes algún día emprenderán este mismo camino, rumbo a la esperanza, se ha aproximado a mí, y me ha besado suavemente la mejilla.
El leve roce de sus labios ha dado, al fin, sentido a mi vida, y ha fulminado mis miedos al inevitable e inminente destino que me acecha.
* * *
La embarcación comienza a escorarse. En unos segundos me reuniré con aquellos a quienes me he referido cada día desde las páginas de mi Diario.
* * *
El joven, cuyas plegarias no cesan, acaba de entregarme la estampa, y me ha pedido, con gestos, que la introduzca en las ropas de la pequeña que duerme entre mis brazos. Ella descasa plácidamente, ajena al drama que esta a punto de suceder.
La estampa corresponde a una fotografía de la Virgen del Mar, quizás patrona del lugar de procedencia del joven.
Mientras trataba de colocar la imagen de esta Virgen sobre el pecho de la pequeña, acabo de leer, casi sin querer, el nombre que aparece en la medalla que esta princesa lleva al cuello, Esperanza Assif García… ¿Assif?
Un presentimiento me dice que una parte de esta bella criatura realiza un viaje de retorno.
Una segunda y última travesía.
Tal vez su nombre, Esperanza, sea un presagio.
Esperanza, ¡Esperanza de que algún día las conciencias se rebelen y pongan fin a tanta estupidez!
Omar Amasáis, pour
L´Informatión (Marrakech)


0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home