PÉREZ CARREÑO: Hijos de Dios
EL gran escenario de la hipocresía esta ya preparado para mí.
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Mientras Teresa y algunas de sus hermanas me acicalan con premura, ella parece interrogarse sobre mis pensamientos en este trance, y su mirada intenta, sin éxito, horadar en las entrañas de tiempos pasados.
He cogido su mano entre las mías, pero sus dudas no parecen haber cesado. Una lágrima se ha deslizado por los surcos de sus 51 años, revitalizando el reseco pasado de sus emociones.
La conocí en Valladolid, hace 33 años, cuando la frescura de sus formas ponía contrapunto a las ropas que vestía. Desde entonces he encontrado en ella el refugio a mis más inconfesables pasiones.
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Durante toda la mañana he tratado de hacer un repaso de cuanto he vivido hasta hoy, día en el que a mis 61 años me dispongo a alcanzar el umbral de la ironía. Pero todos mis intentos se detienen involuntariamente en una tarde del verano de 1.944, cuando el Padre Juan y yo regresábamos al pueblo tras oficiar misa de difuntos en una pedanía próxima.
Durante mis cinco años a su lado, él fue mi experimentado maestro e instructor en este complejo mundo de la mentira y la hipocresía.
Yo, su monaguillo, siempre estuve a su lado por expreso deseo de mi madre, quien creía vengarse así de aquellos que le dieron la espalda tras quedar embarazada con solo 15 años. Los malintencionados rumores siempre me supusieron hijo de un marchante de ganado que paso por el pueblo.
El Padre Juan nunca se canso de repetirme, con su habitual soberbia, que yo era hijo del pecado, y que mi vida debía ser un ejemplo de pureza y rectitud. Aunque no parecían advertirse en él esas virtudes, aficionado a recorrer los mundos que terminan por llenar de aire una botella.
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El esperado momento esta pronto a llegar, y quienes me rodean comienzan a inquietarse. Solo Teresa parece mantener una sobrecogedora naturalidad.
Al entregarme un vaso de agua y las píldoras para la tensión, la firmeza de su mano me ha estremecido y preocupado. Ella me conoce bien, su apasionado amor por mí la llevo a convertirse en la perfecta amante, todo lo dio, y nunca nada pidió a cambio.
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Bajo la atronadora tormenta de aquella tarde de verano, el empedrado camino parecía desdibujarse ante nuestros ojos. El Padre Juan detuvo el auto junto al viejo puente, que parecía agitarse por el azote de las torrenciales aguas. Descendió del vehículo, y se acercó a comprobar el estado de la estructura.
Desde el interior del automóvil, yo observé como él comenzó a recorrer el entablado superior, mientras los movimientos del limpia parabrisas, la intensa lluvia, y la lentitud con que se desplazaba, me hicieron creer que en verdad esta visionando una filmación, fotograma a fotograma.
Tras las primeras imágenes que le mostraban sujeto a la barandilla y pisando con fuerza cada uno de aquellos tablones, el Padre se detuvo y volvió la cara hacia mí con gesto preocupado. Después miró hacia el siguiente tablón, a la vez que con los dedos se frotaba la sien izquierda, un tic nervioso que nunca antes le había visto realizar. Mientras, agachado, inspeccionaba el estado de la madera, giró a uno y otro lado su cabeza, como anunciando que no iba a ser posible cruzar.
Cuando regresaba hacia el auto, con la mano fija en la barandilla y rostro angustiado, la filmación toco a su fin. Los últimos fotogramas mostraban un puente vacío y un tramo de barandilla desprendido.
Tardé unos segundos en comprender que la dramática secuencia correspondía al mundo real.
Bajé al río, llegando hasta la orilla, apenas a seis metros del risco al que el Padre Juan, herido, se aferraba con fuerza.
La crecida de las turbulentas aguas no tardaría en cubrirlo por completo, mientras él gritaba desesperado pidiéndome auxilio.
Cuando me disponía a socorrerle una fuerza interior detuvo mis actos. Me limité, sentado sobre una peña, a esperar poder contemplar la segunda parte del film.
El Padre Juan vociferaba, exigiéndome ayuda con su soberbia habitual.
Yo le miraba impasible, anhelando advertir en él un signo de humanidad.
Durante varios minutos, una vez había comprendido que jamás le auxiliara, se limitó a observarme con fijeza. Parecía reflexionar sobre su existencia, ajeno incluso al agónico destino que le acechaba. Yo, su discípulo, el hijo del pecado, me mostraba indiferente, e imaginaba si acaso su Dios se presentaría en aquel lugar para velar por su ennegrecida alma.
Un pequeño gorrión sobre la rama de un árbol permanecía inmóvil, como si observase cuanto ocurría, sin importarle la intensa lluvia que empapaba su cuerpo.
La resistencia del Padre parecía no tener límites.
Cogí unas cuantas piedras del suelo, y traté de amenizar la espera haciéndolas rebotar sobre las aguas.
Tuve la impresión de que el tiempo transcurría con extremada lentitud, mientras todo mi cuerpo comenzó a inundarse de sensaciones de paz, armonía, y belleza.
Cuando las fuerzas del Padre se agotaron, él miro hacía el cielo, y un instante antes de ser engullido por las aguas rompió su silencio con unas palabras envueltas en lágrimas.
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Ya han abierto el balcón, y pueden escucharse los gritos de la multitud que espera mi presencia ante ellos.
El Cardenal Ansyeli, el mismo que tras la blanca fumata anunció mi nombre a la prensa, me ha recordado que trate de evitar el tic que me acompaña desde muy pequeño, esa manía de tocarme el la sien izquierda.
Con paso firme me dirijo a la cúspide del cinismo, donde entraré bajo el nombre de PIO XIII.
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Mis pasos se han detenido bruscamente, no puedo seguir avanzando, un fuego abrasador recorre mis entrañas y acabo de darme cuenta de mi grave mal -el agua, el vaso de agua, Sor Teresa.
Desde el suelo, al que he caído desplomado, he visto posarse a un pequeño gorrión sobre la balaustrada del balcón, y he comprendido que él, Dios, estuvo allí aquella tarde de verano. Fue también testigo de las últimas palabras del Padre Juan -Ve morir a tu padre, y perdónale-, y desde entonces me ha acompañado, esperando el instante adecuado en que debía rendirle cuentas. Un instante propiciado por el brazo ejecutor de Teresa, Sor Teresa, siempre navegando en la inestable frontera de la fe, sobre las agitadas aguas de la pasión.
Teresa, con su rostro cubierto de lágrimas, se ha arrodillado junto a mí y, ante mis ojos, ha bebido del mismo vaso de agua que antes me ofreció.
Me siento abandonar este mundo, pero antes de que esto ocurra, he acariciado su mejilla y le he susurrado al oído- Te quiero-


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