Andrés Cerio

Suplemento de LA BUHARDILLA DE COLETTE.

RELATOS DE SOBREMESA Nº 1 Nov./dic. 2006

20 septiembre 2006

ENTRE LOS ÁLAMOS (Pedro Martínez)


LA AVENIDA LIBERTADOR O’HIGGINGS vuelve a oler a basura. Eso gritarían los álamos que la bordean, si no fuera por las tanquetas que a cada cuadra se camuflan del sol, bajo las ramas. Hace calor en Santiago y Patricia ha levantado la capota del Cadillac blanco. Me pregunto qué coño hago sentado en un coche gringo, escuchando música gringa y bebiendo pisco con cola. Incluso el pelo rubio de Patricia parece gringo, así, tan flamante al viento. Un camión de la peja se para a nuestro lado en un semáforo y los carabineros nos miran. Me estremezo, hasta que me doy cuenta de que este coche es mejor garantía que el pasaporte que llevo. ¿Qué haces tú en ese haiga?, me preguntarían los compañeros de Madrid si me vieran y, aunque ahora están muy lejos, me escuece la pregunta presentida. Rosmarie me ofrece un vaso de plástico helado, las migas de empanada se tuestan sobre el cuero de búfalo de los asientos, que tan bien se amolda a sus muslos, y el adorno plateado del capó encañona las ventanillas enrejadas del coche policial que se aleja. Una voz ripia en la radio: «Amiga, hay que ver cómo es el amor que vuelve a quien lo toma gavilán o paloma...». Las dos se saben la canción de memoria y Rosmarie se pone de pie para corear «te bajé la cremallera del vestido y tú no me dejaste casi hablar...». Imagino los ojos del conductor de la tanqueta de la esquina con San Martín, fijos en la minifalda pascuense que lleva, anuncio de la fiesta adonde vamos. La tanqueta brilla maligna en la avenida por donde ya no pasea nadie, sólo veo perros sin collar y Cadillacs sin matrícula entre árboles que ahora me parecen cipreses. Una repentina brisa de la cordillera presagia la noche y el próximo toque de queda.
Hace varias semanas me afeité la barba, harto de que me registraran en la calle a todas horas. No le gustó a Patricia. Ya no podré estirarte de ella, dijo, pero sus padres miran con cierta aprobación mi nueva imagen. La mujer lleva una gafa de pasta con gruesos cristales que recuerdan un corazón y él una corbata oscura de nudo fino, como JFK. Dos barbacoas humean y la piscina está llena de globos que flotan, pecios de la reciente alegría del cumpleaños. En la cuidada pradera del jardín ensayan el sau-sau y se oye afinar un ukelele.
—Ven conmigo —susurra Patricia.
Es ya de noche. Está descalza y sus tobillos ceñidos por diademas de pequeñas flores me guían entre mesas llenas de platos sucios y vasos con señales de carmín. La cocina está en penumbra, huele a marihuana y alguien toca una guitarra al lado de una pila de cubertería sucia.
—Niña, a tus papás no les gustará que cantéis canciones comunistas —le advierte asustada la cocinera.
—No seas «monona», viejita —le ríe al oído Patricia y después le besa en la mejilla.
Patricia me abraza y giramos alrededor de la mesa, presos dentro del son: «Paloma quiero contarte, que estoy solo, que te quiero...». Siento sus manos en la espalda: «Que la vida se me acaba, porque te tengo tan lejos...». Con las yemas de los dedos me acaricia el pelo, como si fuera las cuerdas de la guitarra que tañe: «Lloro con cada recuerdo, a pesar que me contengo. Lloro con rabia pa’ fuera, pero muy hondo p’a dentro».
—Quédate conmigo esta noche, que nadie se enterará...
Me parece oír el motor del taxi subiendo la costanera. Los ojos de la vieja ama se alegran de mi partida y saben a sollozo los besos de Patricia. El taxista tiene prisa, son algo más de las once; secuestrarán la ciudad dentro de poco. Lleva pegada una foto del general sobre la guantera del auto. «Dese prisa», repite nervioso.
—Quédate...
—Entra en la casa, Pati, por favor, vas a coger frío —murmuro.
El hotel tiene casi todas las luces apagadas. El recepcionista me da la llave de la habitación de manera maquinal, como tantas otras veces. El ascensor cruje mientras sube. Maletas abiertas sobre el suelo de tarima, la Hermes Baby sobre la mesa del escritorio y cerca de la máquina una botella mediada de whisky. Quién fuera Víctor Jara para teclearte ahora, pienso. El billete de avión sobre la mesilla me exige y derrota al tiempo. Aparto la máquina y tomo la pluma. Escribo: Pati, cariño... No, así no..., y rasgo la cuartilla. Al cabo, las noticias de las siete en la radio; ya no queda papel. Suena el teléfono. Es el bus a Pudahuel que, con impasible puntualidad, espera para llevarme al aeropuerto. Amanece sobre Santiago y los álamos de la Avenida brillan con el relente de los recuerdos.
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Pedro Manuel Martínez Corada (Madrid, España; 1951), llegó a la escritura de la mano del Taller Literario de El Comercial, del que es uno de sus miembros fundadores, en cuyo trabajo participa desde el año 2000. Varios de sus relatos se encuentran publicados en los libros Los cuentos de El Comercial (Taller de El Comercial, Madrid-2002) y Vampiros, ángeles, viajeros y suicidas (Kokoro Libros, Madrid-2005). Es cofundador del colectivo de cultura Margen Cero y director de la revista digital de Arte y Cultura Almiar, socio fundador de la Asociación de Revistas Digitales de España (A.R.D.E.).
En el año 2005, fue elegido finalista en los Certámenes Literarios de la Universidad Popular de Alcorcón (Madrid). En 2006, resultó finalista, así mismo, en el II Concurso de Relatos «Inmigración, emigración e interculturalidad», convocado por la Unión General de Trabajadores y el Ayuntamiento de Alcobendas (Madrid) y recibió el primer premio del I Certamen de Relato Breve de la Asociación Amigos del Foro Cultural de Madrid.
Relatos suyos han sido publicados también en revistas digitales de distintos países: Narrativas – Revista de narrativa contemporánea en castellano (España); Heterogénesis (Suecia); Proyecto Patrimonio (Chile); El Escribidor (España); Wemilere de las Letras (Argentina); Revista El Interpretador (Argentina) y en la hostería literaria del escritor Norberto Luis Romero.

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Este relato fue publicado en el libro
Vampiros, ángeles viajeros y suicidas
(Kokoro Libros / Madrid 2005
ISBN 84-609-4770-X)

12 septiembre 2006

LA BODA (Pedro Martínez)

—¿Tú crees que será capaz? —la pregunta de Álvaro a su amigo, sonó más bien a premonición—. Tío, va a liarse una de colores…
A Rufo, el amigo, los únicos colores que le importaban en ese momento eran los del arco iris que estaba troquelando sus retinas. La punzante resaca le impedía recordar dónde había dejado las gafas de sol, y ¿qué coño le preguntaba Álvaro…?
Rufo cerró los párpados con fuerza mientras buscaba alguna respuesta entre los escombros de los recuerdos de la reciente despedida de soltero, con lo cual sólo consiguió ensanchar los fuegos artificiales que tronaban en el cielo nocturno de sus ojos. Cuando Marta, la novia, entró en la iglesia, Rufo creyó que iba desnuda, tal el era el esplendor del traje de seda cruda que ella vestía. Los encajes de Balenciaga acariciaban los pies de Marta y los rumores de admiración de los presentes flotaron hacia el empino de la bóveda de la iglesia.
La novia atravesó el crucero como si en vez de zapatos de Chanel llevara en los pies unos patines, o la alfombra roja, de cuatro centímetros de grosor, se hubiera transformado en la pista de hielo de un espectáculo de Disney. Su padre, el señor Alfonso, se esforzaba en seguirla, bregando contra los años acumulados y una barriga más que regular que, a duras penas, conseguía ocultar el esmoquin de impecable factura.
Sonó Mendelsshon. El órgano de la Basílica de Santa María del Páramo, única iglesia con dicha distinción en toda la provincia, sopló con fuerza y claridad. Las manos arrebatadas de don Germán, padrino de bautizo de la novia, volaron sobre las teclas, anunciando a todos que su ahijada se casaba. La Marcha Nupcial, aunque no recordaran el nombre del autor, ni la hubieran escuchado nunca en una interpretación tan personal y cariñosa, devolvió a Rufo y Álvaro a una realidad tan concreta como expectante: la ceremonia de la boda de su amigo Luis y la bella Marta comenzaba indiferente a la reciente pregunta.
Luis, impecable, esperaba en el altar. Desde los últimos bancos, su imagen aparecía confiada y segura, algo ladeada a la izquierda por la presión nerviosa de su madre que le sujetaba el brazo como si de un salvavidas se tratara. La alfombra concluyó y Marta se posó ante el altar cubierto de rosas y jazmines, después de subir tres peldaños en un momento fugaz. Las pequeñas confusiones de padres y suegras a la hora de encontrar el sitio adecuado en la parrilla de salida de la ceremonia, fueron bienvenidas con un ronroneo desde los bancos. Aquello empezaba bien, pensaron algunos: elegancia, distinción y anécdotas que podrían comentar durante el banquete.
Los destellos de las luces del fotógrafo iluminaron las primeras palabras de don Carlos, el cura. Después de los ensayos que durante la última semana habían realizado en aquel mismo lugar, hasta las lágrimas de las primeras filas parecían el fruto de la preparación de aquella magnífica boda, perfecta en todo salvo por el secreto que guardaban el novio y sus dos amigos. Álvaro estaba más entero que su acompañante, nunca le había gustado mezclar la bebida y ya lo había dicho la noche pasada: «Si empiezas con champán sigue con lo mismo, que mezclar es una mala práctica».
—Como lo haga es un gilipollas.
Álvaro sintió que la contestación de Rufo era algo parecido a recibir una citación del médico después de haber fallecido. Pero su amigo no le había contestado a él, Rufo acaba de recordar la apuesta…
La ceremonia prosiguió a toda vela, entre murmullos ocasionales que se acallaron cuando el sacerdote preguntó a Marta si quería a aquél hombre por esposo para toda la vida. El sí de Marta fue un susurro que, sin embargo, se escuchó claramente a través de la megafonía del templo. El cura, sonriente, se volvió entonces hacia Adolfo, que con el rostro muy serio miraba fijamente el libro de tapas doradas que sostenía don Carlos entre las manos:
—Y tú, Luis Rodríguez y del Olmo, ¿quieres por esposa a Marta...?
—No —la respuesta del novio se estrelló contra los frescos de la cúpula y las pamelas de las primeras filas de bancos se agitaron como palomas asustadas.
Lo había hecho, Adolfo lo había hecho. Iba a cumplir con la apuesta de la noche anterior. Álvaro, horrorizado, miró de reojo la entumecida sonrisilla de Rufo. Ahora, cuando Adolfo volviera a decir «no» para forzar la tercera y última pregunta del oficiante, el escándalo sería grandioso. ¡Pobre Marta!, y pobres de ellos, también, pues los padres de los prometidos iban a echarle la culpa a los que estuvieron con el novio en la fiesta de despedida. Pensarían que habrían jaleado aquella estúpida apuesta sobre si Adolfo sería capaz de decir «no» a las dos primeras preguntas de las tres que, obligadamente, le tenía que efectuar el cura si empezaba negándose.
—No —algunas de las palomas desfallecieron después de la segunda negativa del novio.
La voz de Adolfo no había sonado tan clara como la primera vez, pero había cumplido con la apuesta. Don Carlos abrió y cerró el libro un par de veces, casi como si estuviera atizando una hoguera y miró a su alrededor modosamente, era la primera vez que se bañaba en un Jordán como aquél pero no tuvo tiempo en pensar hasta dónde le llegaba el agua:
—¡No siga, padre! Ahora quien no quiere casarse soy yo —dijo Marta, sin dar tiempo a que el cura volviera a preguntar—. Ya no quiero casarme con este..., con este…
La novia dio la vuelta y corrió por la alfombra roja, que ahora parecía empedrada, hacia la salida. Sus padres, sus tíos, corrieron tras ella hasta que Marta frenó en seco y se volvió hacia el altar, haciendo que el tren que la seguía casi descarrilara:
—Seguís todos invitados a comer, por supuesto..., os espero en el restaurante —dijo mirando por encima de las cabezas de quienes la seguían. Pareció que iba a comenzar a llorar, luego salió de la basílica.
El talgo se puso en marcha de nuevo y tras Marta desaparecieron su madre, sus tíos, algunos invitados... Alfonso, que antes había corrido diligente y acalorado tras su radiante hija, parecía ahora extrañamente calmado. Se paró ante el banco de los dos amigos y lo apartó hacia atrás para poder llegar hasta Rufo, sin tener que rozarse con los que estaban antes que el joven. Cuando llegó a su altura, le agarró de la corbata, acercó los labios hasta la oreja derecha de Rufo y murmuró unas breves palabras mientras el puño con que sujetaba la tela palidecía. Luego, respiró a fondo, soltó la corbata y dejó caer el brazo lentamente. Durante unos instantes, miró confuso la punta de sus relucientes zapatos, dio la vuelta y salió al centro del crucero de la basílica desapareciendo, poco después, por la luminosa puerta del templo.
—¿Qué te ha dicho, qué te dijo Alfonso…? —preguntó Álvaro al amigo, hablando con voz de trámite, como si quisiera borrar con sus palabras el fruncido entrecejo del otro.
El silencio de Rufo pareció acallar el escándalo que azoraba a la basílica y Álvaro, sin saber por qué, se acordó del sitio donde había olvidado las gafas. El Sol se derramaba sobre las baldosas de la plaza de la iglesia de Páramo, derritiendo los ecos del taconeo de unos zapatos blancos de Chanel…

07 septiembre 2006

FELICIA (Pedro Martínez)

De pequeño tenía miedo de mi abuela. Cuando mi abuela Felicia venía por nuestra casa su voz poderosa, profunda, hacía retemblar la cristalería de Venecia de mi madre y las flores de plástico que había sobre el televisor Iberia de veinte pulgadas se cimbreaban como al paso de un huracán. Entonces me entraba el miedo y me metía debajo de la mesa, haciendo como que jugaba con algo.
Mi abuela siempre vestía de negro, lo que me asustaba aún más. Tenía el pelo casi blanco, recogido en un moño que se aplastaba en la parte de detrás de la cabeza;ojos vivarachos azul claro;labios finos y apretados;orejas muy largas de las que siempre pendían unos pequeños aros de oro y una nariz grande y prominente que marcaba su rostro afilado. Andaba un poco encorvada y no olvidaré nunca cómo se acercaba con una jeringuilla en la mano para ponerme alguna inyección en el culo: parecía un torero buscando el mejor ángulo para ejecutar la suerte suprema;yo me ponía envarado ante la terrorífica imagen y el jeringazo me dolía el doble.
La abuela había aprendido a poner inyecciones durante la guerra y no consentía que a «sus niños» —como nos llamaba a mi hermano y a mí— se las pusiera cualquier practicante de tres al cuarto, de esos que vaya usted a saber cómo han limpiado las jeringuillas. Durante un tiempo mi suerte fue pésima y estuve a régimen del hígado de bacalao que me recetaba, un día sí y el otro también, el médico de mi familia, un tipo bajito que tenía un despacho muy grande, alfombrado de madera quejumbrosa y lleno de libros hasta el techo y que decía que los niños no debían comer pescado azul porque ese alimento era muy fuerte para sus infantiles estómagos;así que, conclusión, merluza hervida, nada de torreznos y el pescado azul por el trasero.
A pesar de esta infame dieta y de los banderillazos, conseguí crecer y llegar a los once años momento en que las inyecciones cesaron y fueron sustituidas por el Calcio 20, un delicioso brebaje blanco que venía en botella de tres cuartos y que mi madre tenía que esconder para que mi hermano y yo no nos lo tomáramos de una sentada. Los huesos, ahora la preocupación eran nuestros huesos. Ahí mi abuela tenía poco que hacer y aunque me seguía acomplejando su poderosa voz y su porte imponente, comencé a superar el miedo y cuando venía a visitarnos me ponía a pintar o a leer un tebeo, acodado en la mesa de madera de castaño que mi madre vestía para la ocasión con un mantel de plexiglás, lleno de dibujos geométricos que eran la última moda en Francia —según decían— escuchando, al tiempo, lo que hablaban mi madre y ella. La verdad, no entendía casi nada de lo que hablaban pero sí me daba cuenta de que mamá también tenía algo de miedo a la abuela: «¡Menos mal!» —pensaba—, ¡no sólo me pasa a mí!», aunque, claro, mi madre le contestaba casi siempre, cosa que yo todavía no era capaz de hacer.
—Lo de cambiar a los niños de colegio ha sido ya el remate del tomate, Carmen. Se os ha subido a la cabeza eso de que vivís en Guzmán el Bueno —dijo mi abuela en una de aquellas visitas, haciendo vibrar las puertas del aparador.
—Pero madre, no es para tanto...
—¿Cómo que no es p’tanto? Metéis a mis niños en un colegio de curas y tú te quedas tan tranquila... Eres una madrastra y Paco un pancista que sólo piensa en el qué dirán.
Paco era mi padre, que en paz descanse, un mando intermedio del Ministerio de Asuntos Exteriores. Por aquél entonces era alto, delgado, moreno y llevaba siempre unos trajes cruzados marca Celso García que quitaban el hipo. Mi padre era muy bueno conmigo, cuando le veía, claro, pues siempre llegaba muy tarde y muy cansado. A veces me aupaba al montante de la puerta del comedor, un grueso listón de madera que separaba a ésta del cristal esmerilado que adornaba su parte superior, convencido de que el Calcio 20 y las inyecciones habrían dado el fruto esperado, pero nada: me quedaba colgado como un trapecista en aquellas alturas y sólo aguantaba unos segundos pues me dolían las manos, los brazos me empezaban a temblar y entonces me caía desde aquel precipicio, mas nunca me pasó nada pues mi padre me cogía al vuelo y se reía y me daba una voltereta que me dejaba mareado para un buen rato. Era un tío fenómeno mi padre, sí señor.
¿Y qué significaba aquello de pancista? Misterio. Cosas de los viejos que escuchaba a retazos, mientras leía el último número de Flash Gordon, mi tebeo favorito. Todos los sábados me lo traía mi padre, pues a mi hermano le compraba El Hombre Enmascarado, seguramente porque era más bestia que yo. Pancista: una palabra que sonaba mal, muy mal y que procuré olvidar al instante, no fuera que la repitiera en el colegio y me pasara algo pues no corrían buenos tiempos y nos decían en casa, bajo amenaza de castigarnos a modo, que lo que allí se hablaba no se podía repetir, cosa difícil, por otra parte, para unos niños que no entendían de gobiernos ni de cosas tan complicadas. Pero había que morderse la lengua y mis padres, a fuerza de repetirlo, nos tenían adiestrados en el silencio.
Sin embargo, mi abuela no se callaba jamás. ¿Por qué?;para mí era otro misterio;decía lo que le daba la gana y además se le oía, como no, hasta en el piso de arriba. Mi madre se sonrojaba a veces cuando levantaba la voz y mi padre, si estaba en casa, la conminaba a que se moderara, pero ella como si oyera el pito del sereno. En otras ocasiones, hablaba y hablaba y decía cosas que sonaban a algo parecido a los discursos del cura en las misas del colegio, aunque con la diferencia de que me gustaban: mi abuela era distinta a todo lo que yo conocía, era siempre una sorpresa.
No sé cuando empecé a querer a mi abuela, pero seguramente fue un día en que estaba terminando un mural para la clase de Formación del Espíritu Nacional, sobre la mesa del comedor. El gran pliego de cartulina me estaba quedando formidable: en el margen izquierdo había puesto una gran greca de seis líneas de color azul y rojo;arriba y empezando el mural, a la izquierda también, la cara de José Antonio con el Yugo y las Flechas en segundo plano;debajo de él la de Franco con las tres banderas ondeando detrás: la de España, la de la Falange y la del Requeté;en el centro estaba Guzmán el Bueno sobre la torre del castillo, mirando cómo los moros iban a matar a su hijo;a la derecha, arriba, los Reyes Católicos con el Yugo y las Flechas, también, que me salían muy bien, y cerrando el mural la Resurrección de los Muertos y el Fin del Mundo: el triángulo de Dios, la Paloma, la cruz de Jesucristo y las llamas del infierno devorando a los pecadores. Una obra maestra —pensaba mientras le daba a los lápices de colores— que me iba a suponer un 9 ó un 10 en los exámenes de junio. Entonces llegó mi abuela, saludó a mi madre y escuché los gritos de mi hermano cuando salió corriendo a recibirla al pasillo;qué burro mi hermano, nunca le tuvo miedo:
—¡Abuela!, ¡abuela...! —seguí dibujando con la lengua fuera, de través, enfrascado en el difícil color amarillo rojizo de las llamas del Averno hasta que ella entró en el comedor y se puso detrás mío contemplando lo que estaba haciendo. Me paré, algo avergonzado, temeroso quizás.
—¿Qué haces, mi niño?
—Un mural para el cole, abuela —le respondí, mirando hacia atrás;mi abuela sonreía, pero con una sonrisa que me pareció sospechosa y los ojos le brillaban—. ¿Te gusta?
—Mucho, hijo, mucho. ¿Qué son esas llamas...?
—Es el infierno, abuela —contesté orgulloso.
—¿Y por qué lo pintas?
—Es el fin del mundo, la resurrección de los muertos y el día en que todos seremos buenos y los malos serán matados y castigados... —mi abuela Felicia guardó un instante de silencio, luego suspiró.
—El fin del mundo no existe, mi niño... Es un invento de los curas y de los franquistas. Hay miles de finales del mundo, en cada vida, y piensa en tós los que somos en el mundo, hay un principio y un fin, y ese fin es el único fin del mundo que vale. Cuando yo me muera llegará mi fin del mundo y mi vida sólo será un recuerdo en los que me hayan querido...
—Abuela, ¿te vas a morir...? —le interrumpí, inquieto.
—No, hijo, no... —me abrazó y besó y me acarició el pelo—, no digas nada a nadie de lo que te he dicho..., será nuestro secreto. ¿Me lo prometes?
—Te lo juro, abuela, no diré nada.
Pero no cumplí mi juramento y largué el secreto de que el fin del mundo y el infierno no existían, en el recreo del «cole»: se me escapó, lo prometo. Después, algún pelotillero se chivó al maestro y llamaron a mi madre para saber por qué yo no creía en el fin del mundo y qué era aquello de los franquistas. Estuve castigado un mes sin ver la televisión y mi padre y mi abuela discutieron agriamente mientras mi madre lloraba en la cocina, pues lo confesé todo: dije que había sido ella quien me había explicado que el fin del mundo no existía y que todo era un invento de los curas y de los franquistas. Me suspendieron en Formación del Espíritu Nacional y mi padre estuvo un mes sin darme el Flash Gordon;creí que me moriría...
Llegaron las vacaciones y con el suspenso y el remordimiento por la traición a cuestas me mandaron a Asturias un mes y medio, pero no pude disfrutar de aquellos días: sólo pensaba en mi abuela que no me había dicho nada sobre lo que había pasado. Aquel silencio me compungía. Era una deuda muy gorda la que tenía con ella y el suspenso, además, me jeringó la playa pues mi tía, aleccionada por mis padres, estaba encima de mí todo el día para que estudiara, hiciera murales y me preparara para septiembre. Regresé a Madrid a finales de agosto en un tren cuyo recorrido me pareció interminable, acompañado de una pareja de la Guardia Civil que me recogió en la estación de Pendueles, una tarde tan lluviosa como mi alma. En la Estación del Norte estaban esperándome mis padres, alegres y cariñosos, todo parecía haberse olvidado:
—¿Lo has pasado bien, hijo? —dijo mi padre, abrazándome—. ¿Has estudiado?
—Sí, papá —respondí, algo cabizbajo, deseando ver ya a mi abuela.
—Abuela, se me escapó lo del infierno... —dije casi llorando aquella tarde, en el comedor de su nueva casa, en Moratalaz, mientras miraba el suelo de parqué brillante, recién barnizado. Mi madre estaba en la cocina, hablando sin parar de lo bien que estaba todo y de lo bien que estaría mi abuela en aquel pisazo.
—¡Chisss...! —musitó ella poniéndome la mano en la boca—. ¡Sí, Carmen, todo está precioso...! —gritó hacia la cocina y después me llevó al dormitorio grande, una habitación que tenía un pequeño balcón sobre un descampado. Me abrazó y besó y acarició el pelo, como siempre hacía;cogió mi cara con las dos manos y se encorvó un poco más para ponerse a mi altura: la cara afilada, los ojos azules y tiernos, los aros de oro de sus orejas brillando en la tarde luminosa, los labios entreabiertos por una sonrisa:
—¡Chisss...! No llores. No ha pasado na. Seguiremos guardando nuestro secreto hasta siempre, hasta que se nos acabe este mundo que después no tiene llamas, ni infierno, ni na de na, sólo estamos nosotros... Tú vivirás con más libertad que yo, niño mío. ¿Me entiendes? —yo no la entendí del todo, pero el abrazo que me dio fue tan grande, sentí de tal manera su cuerpo y el runruneo de su respiración que olvidé todos mis pesares. Abracé a mi abuela hasta donde me alcanzaron los brazos y se me puso un nudo de alegría en la garganta. Mientras, mamá gritaba en la cocina:
—¡Madre, el grifo de la pila no funciona bien...!
Mi abuela se murió una tarde de domingo, en el Gregorio Marañón, cuando yo tenía treinta años. La pusieron en una caja forrada de blanco por dentro, con un gran crucifijo negro de metal en la tapa;ahí la estuve mirando durante unos segundos, no pude hacerlo por más tiempo. Nuestro mundo se había acabado: tantas Nochebuenas en su casa de Moratalaz, tantas tardes de visita en aquella residencia de monjas en donde ingresó al final de su vida, tan sola pero tan libre durante sus últimos años. Sentados bajo los chopos o en el corredor acristalado donde, en las tardes de invierno, ella solía hacer punto, hablamos de la guerra civil;de su vida y de la mía;del pasado y del futuro;de sus hijos y sus nietos;de Azaña y de Pablo Iglesias;del amor y del odio;del socialismo y de los fachas y de aquel mural maldito que la vida nos había impuesto.
Enterraron a Felicia en el cementerio de La Elipa. Años más tarde pinté un cuadro que ahora tengo sobre la chimenea del salón de mi casa. No pienso exponerlo y jamás lo venderé. En él se ve a mi abuela sentada sobre un banco de piedra de granito muy pulida, casi blanca, con dos peanas de volutas que se oponen;está vestida de negro, con medias oscuras y zapatos de tacón bajo;las manos reposan sobre el regazo, con las palmas hacia arriba;mira de frente, sin temor, en las orejas destellan dos aretes de oro y sonríe suavemente como una nueva Gioconda. Al fondo de la pintura, unos chopos se recortan contra el atardecer de fuego, rojo y amarillo, y una paloma levanta el vuelo desde un extremo del banco;casi no se aprecian los contornos de la figura del ave, borrosa por el vibrante aleteo, parece como si fuera de otro mundo.
agosto de 2002
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PEDRO MANUEL MARTÍNEZ CORADA (Madrid, España;1951), narrador y fotógrafo. Llegó a la escritura de la mano del Taller Literario de El Comercial, del que es uno de sus miembros fundadores, en cuyo trabajo participa desde el año 2000. Varios de sus relatos se encuentran publicados en los libros «Los cuentos de El Comercial» (Taller de El Comercial, Madrid-2002) y «Vampiros, ángeles, viajeros y suicidas» (Kokoro Libros, Madrid-2005). Es cofundador del colectivo de cultura Margen Cero y director de la revista digital de Arte y Cultura «Almiar», socio fundador de la Asociación de Revistas Digitales de España (A.R.D.E.).
En el año 2005, fue elegido finalista en los Certámenes Literarios de la Universidad Popular de Alcorcón (Madrid). En 2006, resultó finalista, así mismo, en el II Concurso de Relatos «Inmigración, emigración e interculturalidad», convocado por la Unión General de Trabajadores y el Ayuntamiento de Alcobendas (Madrid), y recibió el primer premio del I Certamen de Relato Breve de la Asociación Amigos del Foro Cultural de Madrid.
Relatos suyos han sido publicados en revistas digitales de distintos países: «Narrativas – Revista de narrativa contemporánea en castellano» (España);«Heterogénesis» (Suecia);«Proyecto Patrimonio» (Chile);«El Escribidor» (España);«Wemilere de las Letras» (Argentina);Revista «El Interpretador» (Argentina) y en la hostería literaria del escritor Norberto Luis Romero.
 
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