ENTRE LOS ÁLAMOS (Pedro Martínez)

LA AVENIDA LIBERTADOR O’HIGGINGS vuelve a oler a basura. Eso gritarían los álamos que la bordean, si no fuera por las tanquetas que a cada cuadra se camuflan del sol, bajo las ramas. Hace calor en Santiago y Patricia ha levantado la capota del Cadillac blanco. Me pregunto qué coño hago sentado en un coche gringo, escuchando música gringa y bebiendo pisco con cola. Incluso el pelo rubio de Patricia parece gringo, así, tan flamante al viento. Un camión de la peja se para a nuestro lado en un semáforo y los carabineros nos miran. Me estremezo, hasta que me doy cuenta de que este coche es mejor garantía que el pasaporte que llevo. ¿Qué haces tú en ese haiga?, me preguntarían los compañeros de Madrid si me vieran y, aunque ahora están muy lejos, me escuece la pregunta presentida. Rosmarie me ofrece un vaso de plástico helado, las migas de empanada se tuestan sobre el cuero de búfalo de los asientos, que tan bien se amolda a sus muslos, y el adorno plateado del capó encañona las ventanillas enrejadas del coche policial que se aleja. Una voz ripia en la radio: «Amiga, hay que ver cómo es el amor que vuelve a quien lo toma gavilán o paloma...». Las dos se saben la canción de memoria y Rosmarie se pone de pie para corear «te bajé la cremallera del vestido y tú no me dejaste casi hablar...». Imagino los ojos del conductor de la tanqueta de la esquina con San Martín, fijos en la minifalda pascuense que lleva, anuncio de la fiesta adonde vamos. La tanqueta brilla maligna en la avenida por donde ya no pasea nadie, sólo veo perros sin collar y Cadillacs sin matrícula entre árboles que ahora me parecen cipreses. Una repentina brisa de la cordillera presagia la noche y el próximo toque de queda.
Hace varias semanas me afeité la barba, harto de que me registraran en la calle a todas horas. No le gustó a Patricia. Ya no podré estirarte de ella, dijo, pero sus padres miran con cierta aprobación mi nueva imagen. La mujer lleva una gafa de pasta con gruesos cristales que recuerdan un corazón y él una corbata oscura de nudo fino, como JFK. Dos barbacoas humean y la piscina está llena de globos que flotan, pecios de la reciente alegría del cumpleaños. En la cuidada pradera del jardín ensayan el sau-sau y se oye afinar un ukelele.
—Ven conmigo —susurra Patricia.
Es ya de noche. Está descalza y sus tobillos ceñidos por diademas de pequeñas flores me guían entre mesas llenas de platos sucios y vasos con señales de carmín. La cocina está en penumbra, huele a marihuana y alguien toca una guitarra al lado de una pila de cubertería sucia.
—Niña, a tus papás no les gustará que cantéis canciones comunistas —le advierte asustada la cocinera.
—No seas «monona», viejita —le ríe al oído Patricia y después le besa en la mejilla.
Patricia me abraza y giramos alrededor de la mesa, presos dentro del son: «Paloma quiero contarte, que estoy solo, que te quiero...». Siento sus manos en la espalda: «Que la vida se me acaba, porque te tengo tan lejos...». Con las yemas de los dedos me acaricia el pelo, como si fuera las cuerdas de la guitarra que tañe: «Lloro con cada recuerdo, a pesar que me contengo. Lloro con rabia pa’ fuera, pero muy hondo p’a dentro».
—Quédate conmigo esta noche, que nadie se enterará...
Me parece oír el motor del taxi subiendo la costanera. Los ojos de la vieja ama se alegran de mi partida y saben a sollozo los besos de Patricia. El taxista tiene prisa, son algo más de las once; secuestrarán la ciudad dentro de poco. Lleva pegada una foto del general sobre la guantera del auto. «Dese prisa», repite nervioso.
—Quédate...
—Entra en la casa, Pati, por favor, vas a coger frío —murmuro.
El hotel tiene casi todas las luces apagadas. El recepcionista me da la llave de la habitación de manera maquinal, como tantas otras veces. El ascensor cruje mientras sube. Maletas abiertas sobre el suelo de tarima, la Hermes Baby sobre la mesa del escritorio y cerca de la máquina una botella mediada de whisky. Quién fuera Víctor Jara para teclearte ahora, pienso. El billete de avión sobre la mesilla me exige y derrota al tiempo. Aparto la máquina y tomo la pluma. Escribo: Pati, cariño... No, así no..., y rasgo la cuartilla. Al cabo, las noticias de las siete en la radio; ya no queda papel. Suena el teléfono. Es el bus a Pudahuel que, con impasible puntualidad, espera para llevarme al aeropuerto. Amanece sobre Santiago y los álamos de la Avenida brillan con el relente de los recuerdos.
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Pedro Manuel Martínez Corada (Madrid, España; 1951), llegó a la escritura de la mano del Taller Literario de El Comercial, del que es uno de sus miembros fundadores, en cuyo trabajo participa desde el año 2000. Varios de sus relatos se encuentran publicados en los libros Los cuentos de El Comercial (Taller de El Comercial, Madrid-2002) y Vampiros, ángeles, viajeros y suicidas (Kokoro Libros, Madrid-2005). Es cofundador del colectivo de cultura Margen Cero y director de la revista digital de Arte y Cultura Almiar, socio fundador de la Asociación de Revistas Digitales de España (A.R.D.E.).
En el año 2005, fue elegido finalista en los Certámenes Literarios de la Universidad Popular de Alcorcón (Madrid). En 2006, resultó finalista, así mismo, en el II Concurso de Relatos «Inmigración, emigración e interculturalidad», convocado por la Unión General de Trabajadores y el Ayuntamiento de Alcobendas (Madrid) y recibió el primer premio del I Certamen de Relato Breve de la Asociación Amigos del Foro Cultural de Madrid.
Relatos suyos han sido publicados también en revistas digitales de distintos países: Narrativas – Revista de narrativa contemporánea en castellano (España); Heterogénesis (Suecia); Proyecto Patrimonio (Chile); El Escribidor (España); Wemilere de las Letras (Argentina); Revista El Interpretador (Argentina) y en la hostería literaria del escritor Norberto Luis Romero.
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Este relato fue publicado en el libro
Vampiros, ángeles viajeros y suicidas
(Kokoro Libros / Madrid 2005
ISBN 84-609-4770-X)
Hace varias semanas me afeité la barba, harto de que me registraran en la calle a todas horas. No le gustó a Patricia. Ya no podré estirarte de ella, dijo, pero sus padres miran con cierta aprobación mi nueva imagen. La mujer lleva una gafa de pasta con gruesos cristales que recuerdan un corazón y él una corbata oscura de nudo fino, como JFK. Dos barbacoas humean y la piscina está llena de globos que flotan, pecios de la reciente alegría del cumpleaños. En la cuidada pradera del jardín ensayan el sau-sau y se oye afinar un ukelele.
—Ven conmigo —susurra Patricia.
Es ya de noche. Está descalza y sus tobillos ceñidos por diademas de pequeñas flores me guían entre mesas llenas de platos sucios y vasos con señales de carmín. La cocina está en penumbra, huele a marihuana y alguien toca una guitarra al lado de una pila de cubertería sucia.
—Niña, a tus papás no les gustará que cantéis canciones comunistas —le advierte asustada la cocinera.
—No seas «monona», viejita —le ríe al oído Patricia y después le besa en la mejilla.
Patricia me abraza y giramos alrededor de la mesa, presos dentro del son: «Paloma quiero contarte, que estoy solo, que te quiero...». Siento sus manos en la espalda: «Que la vida se me acaba, porque te tengo tan lejos...». Con las yemas de los dedos me acaricia el pelo, como si fuera las cuerdas de la guitarra que tañe: «Lloro con cada recuerdo, a pesar que me contengo. Lloro con rabia pa’ fuera, pero muy hondo p’a dentro».
—Quédate conmigo esta noche, que nadie se enterará...
Me parece oír el motor del taxi subiendo la costanera. Los ojos de la vieja ama se alegran de mi partida y saben a sollozo los besos de Patricia. El taxista tiene prisa, son algo más de las once; secuestrarán la ciudad dentro de poco. Lleva pegada una foto del general sobre la guantera del auto. «Dese prisa», repite nervioso.
—Quédate...
—Entra en la casa, Pati, por favor, vas a coger frío —murmuro.
El hotel tiene casi todas las luces apagadas. El recepcionista me da la llave de la habitación de manera maquinal, como tantas otras veces. El ascensor cruje mientras sube. Maletas abiertas sobre el suelo de tarima, la Hermes Baby sobre la mesa del escritorio y cerca de la máquina una botella mediada de whisky. Quién fuera Víctor Jara para teclearte ahora, pienso. El billete de avión sobre la mesilla me exige y derrota al tiempo. Aparto la máquina y tomo la pluma. Escribo: Pati, cariño... No, así no..., y rasgo la cuartilla. Al cabo, las noticias de las siete en la radio; ya no queda papel. Suena el teléfono. Es el bus a Pudahuel que, con impasible puntualidad, espera para llevarme al aeropuerto. Amanece sobre Santiago y los álamos de la Avenida brillan con el relente de los recuerdos.
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Pedro Manuel Martínez Corada (Madrid, España; 1951), llegó a la escritura de la mano del Taller Literario de El Comercial, del que es uno de sus miembros fundadores, en cuyo trabajo participa desde el año 2000. Varios de sus relatos se encuentran publicados en los libros Los cuentos de El Comercial (Taller de El Comercial, Madrid-2002) y Vampiros, ángeles, viajeros y suicidas (Kokoro Libros, Madrid-2005). Es cofundador del colectivo de cultura Margen Cero y director de la revista digital de Arte y Cultura Almiar, socio fundador de la Asociación de Revistas Digitales de España (A.R.D.E.).
En el año 2005, fue elegido finalista en los Certámenes Literarios de la Universidad Popular de Alcorcón (Madrid). En 2006, resultó finalista, así mismo, en el II Concurso de Relatos «Inmigración, emigración e interculturalidad», convocado por la Unión General de Trabajadores y el Ayuntamiento de Alcobendas (Madrid) y recibió el primer premio del I Certamen de Relato Breve de la Asociación Amigos del Foro Cultural de Madrid.
Relatos suyos han sido publicados también en revistas digitales de distintos países: Narrativas – Revista de narrativa contemporánea en castellano (España); Heterogénesis (Suecia); Proyecto Patrimonio (Chile); El Escribidor (España); Wemilere de las Letras (Argentina); Revista El Interpretador (Argentina) y en la hostería literaria del escritor Norberto Luis Romero.
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Este relato fue publicado en el libro
Vampiros, ángeles viajeros y suicidas
(Kokoro Libros / Madrid 2005
ISBN 84-609-4770-X)

